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Quiero compartir algunas reflexiones y experiencias que he hecho en
estos días post-terremoto. Han sido días llenos de emociones
fuertes de pena, dolor, rabia, temor, impotencia. Estoy seguro que
son muchos los que están emocionalmente cansados, agotados.
El terremoto ha tocado todas las dimensiones de la vida. Está en
juego desde lo más pequeño: fotos, recuerdos, afectos hasta lo
grande: costo de la reconstrucción, casas, colegios, hospitales,
problemas sanitarios, etc.
Los terremotos duran más tiempo en el alma y en el imaginario de las
personas que el tiempo del movimiento telúrico. Quedan en nosotros
imágenes, temores, desconciertos, recuerdos, rabias.
Me parece importante que todos, especialmente nosotros como
cristianos y servidores, podemos ser un recurso para las comunidades
donde estamos insertos. Son muchos los especialistas en lo
económico, pero son pocos los que pueden ayudar en este campo
socio-afectivo, que es algo tan central en la vida de todos.
- No
podemos participar en la reconstrucción de caminos, casas, escuelas
y hospitales pero si podemos contribuir en el cuidado de la salud
mental y de la salud espiritual de muchos.
- Lo que más
me interesa es contribuir en que ninguna persona pierda grados de
humanidad. Esto es un tesoro que tenemos que cuidar porque es un
hermoso don de Dios
- Estamos viviendo un duelo nacional. Todos hemos perdido
cosas valiosas.
Algunos sus viviendas, sus familiares y amigos, otros la
estabilidad, la paz, la seguridad, el control.
Desde que nacemos hemos luchado por familiarizarnos con
el mundo, con la cultura, con el entorno físico. Cada uno ha
buscado construir un nido que le es conocido con apegos
significativos que dan seguridad.
- El terremoto desordenó todo, nos desmanteló y nos cuestiona la
vida, los valores, las costumbres. Hemos empezado un tiempo nuevo y
tenemos que ajustarnos a una nueva realidad.
Los procesos de duelo toman tiempo. Hay cuatro momentos por los que
vamos pasando y que podemos reconocer lo que nos facilita vivir
nuestro propio proceso y ser recurso en el caminar de los que están
junto a nosotros:
- Etapa de shock y de satisfacción de las necesidades
básicas.
- La indignación y la culpabilización: “no compré
seguros”
- La pena, la rabia, la depresión.
- La aceptación de la nueva situación y la
conformidad.
Quiero compartir cuatro palabras que cada una tiene profundas raíces
cristianas. Ellas nos pueden orientar en el emprendimiento de
acciones que ayuden a las personas y comunidades que nos han sido
encomendadas.
Las palabras son: vulnerabilidad, dolor, consuelo, ética.
VULNERABILIDAD
- Es una realidad constitutiva de nuestra condición
humana pero que nos esforzamos por olvidar. Nuestra fe nos enseña
que somos una frágil hierba sacudida por el viento.
“El Verbo se hizo
fragilidad”
El contexto cultural moderno en el que estamos
sumergidos, en cambio pone énfasis en lo fuerte, en el tener, lo
exitoso, la seguridad, la necesidad de control, la racionalidad.
Por eso nos cuesta tanto reconocer y aceptar que somos
vulnerables, que sentimos miedo y en estos días todos lo hemos sentido en abundancia.
“La vida de un hombre es la historia de sus miedos”
En lo profundo de todo hombre y en toda mujer hay un niño asustado.
Necesitamos darle derecho de ciudadanía al miedo que nos produce una
realidad que nos sobrepasa ante la cual nos sentimos desprotegidos,
frágiles.
El miedo nos altera la percepción de la realidad y empezamos a
sentirnos amenazados por los cercanos y los lejanos, por un ruido, y
se multiplican los rumores que dañan gravemente la convivencia.
Cuando aceptamos que tenemos miedo esto nos permite entrar en
comunión con nuestra humanidad, con sus límites y debilidades. Son
tantos los que en estos días creyeron que iban a morir. (Fiesta de
matrimonio donde el novio y la novia arrancaron a sus familias).
Necesitamos urgentemente quitarle a sentir miedo la connotación de
cobardía. No tener miedo es una enfermedad y un peligro porque no
nos permite reconocer lo que amenaza nuestra integridad física,
psíquica y espiritual.
Necesitamos hablar de nuestras experiencias de miedo y hacerlo sin
restricciones. Se ha comprobado que narrar nuestros miedos es una
experiencia sanadora. En las experiencias traumáticas hay que
hacerlo varias veces y cada vez se producen cambios porque vamos
digiriendo, elaborando, la experiencia.
Necesitamos aceptar que todos somos personas necesitadas y podemos
levantar los ojos y las manos al Dios de la vida. Rezamos desde la
pobreza, clamamos desde la necesidad.
Ejercicio: ¿Cómo yo manejo mi vulnerabilidad?
A menudo el sentir rabia en estas situaciones es una estrategia para
ocultar nuestra vulnerabilidad. Como también echarle la culpa a
Dios, al gobierno, al vecino.
Podemos invitar a compartir los miedos. No lo que hicieron, sino
como vivieron esos 3 minutos que marcaron nuestras vidas, cuanto
miedo sintieron, en que parte de su cuerpo se albergaba. Al
compartir no se puede dar consejos, ni minimizar ni racionalizar el
sentimiento, no se puede discutir si es o no exagerado,
inadecuado.
DOLOR
Hemos visto y sentido tanto dolor junto a nosotros.
Miles de personas inundadas por un tsunami de experiencias dolorosas
que al ver escenas y escuchar relatos impregnan nuestra vida que
nos producen dolores fuertes.
Necesitamos preguntarnos con una mano en el corazón ¿Qué van a
hacer ellos con sus vidas desgarradas? ¿Qué podemos hacer nosotros
para ayudar a que el dolor no los aplaste?
Podemos ayudar a sobrellevar tanta pena y dolor. Tenemos que entrar
en el misterio del dolor
Es necesario tocar la finitud de lo humano, entrar en el desamparo,
en la soledad, en la decepción, primero en la propia y después en
la de los demás.
“Nada sabe el que no ha sufrido”
Los consejos y recomendaciones no sirven. Ellos parten de nuestra
propia realidad, de nuestra experiencia y contexto vital y el de
ellos es completamente distinto. Actualmente hay miles de realidades
y experiencias diferentes.
Nos cuesta mucho aceptar que no controlamos la vida, que somos
aprendices de una realidad que no entendemos, que nos sobrepasa, y
tenemos que renunciar a entenderla.
Son muchas las preguntas que surgen en nuestro interior: ¿Porqué a
nosotros? ¿Por qué la vida es así? ¿Por qué Dios en su bondad y
omnipotencia permite esto?
El dolor se acompaña, no tratemos de entenderlo, de buscar razones
que lo expliquen. Lo incomprensible en muchas personas produce
rebeldía, rabia, desconcierto, los descoloca.
Lo que necesita el que sufre es ser escuchado, ser acompañado, que
respeten el misterio del dolor tal como está presente en su vida.
No podemos pedirle a Dios que nos libre de pasar experiencias
dolorosas, pero sí podemos pedirle que nos acompañe y que de
sabiduría para darle sentido a esta experiencia.
El dolor nos presta un buen servicio, nos hace perder la idea de
omnipotencia, que es una tentación constante, nos iguala en
humanidad, nos hace madurar y nos obliga a replantearnos lo que
vivimos.
Hay cuatro pasos que nos pueden ayudar a vivir el dolor propio y
acompañar el dolor de los demás.
Pasar del escándalo al misterio.
El dolor nos enseña el lugar nuestro en la creación y a vivir con
humildad, envueltos en el misterio. El dolor nos transforma y nos
hace madurar. A veces nos endurece, nos rebela, pero a la larga nos
acerca a la verdad de la vida y de nosotros mismos.
Tenemos que cambiar nuestra pregunta a Dios ¿Por qué nos haces
esto? a “Tu conoces nuestra debilidad, ayúdanos”. No es resignación
sino complicidad.
Pasar de la imagen de Dios poderoso al Dios amoroso.
Necesitamos replantear la imagen que tenemos de Dios. El es un
misterio, el gran desconocido, el imprevisible. Creer en un Dios
poderoso no significa que es capaz de cualquier cosa. El poder de
Dios dice relación a la vida, al bien, no lo emplea para dañar.
Normalmente esperamos en un Dios que salva desde el poder, que nos
evite el dolor, la muerte. Este no es el Dios de Jesucristo.
Dios no salva a su Hijo del dolor sino desde el dolor. El Padre no
salva a su Hijo Amado de la cruz sino aceptando esta realidad y
con-padeciendo con El.Is. 53,13-43Pasar del dolor sufrido al dolor
ofrecido.Siempre el dolor es un absurdo. Para los cristianos el
dolor no es algo bueno pero tampoco es malo. Solo adquiere sentido
por el amor y lo ofrecemos poniéndonos en las manos de Dios para
el bien de otros. Solo hay una manera de soportar nuestro dolor,
necesitamos comprender y adherirnos al dolor de Cristo. Pasar de la
indiferencia a la compasión.
Estamos llamados a evitar, aliviar y compadecer el dolor de los
demás y esto le da sentido a nuestra vida. No podemos quedar
indiferentes ante el dolor. Es el enemigo común de todos los
hombres y por tanto en vez de evitar las situaciones de dolor,
salgamos al encuentro con un corazón acogedor
Ejercicio: ¿Cómo vivo el dolor propio, qué manifestaciones me
produce? (Comer, insomnio, inapetencia, desatención, irse para
adentro, algunos se inmovilizan, otros se ponen creativos,)¿Cómo
vivo el dolor ajeno?
CONSUELO:
Isaías 40, 1-8
“Consuelen, consuelen a mi Pueblo…
Aquí está nuestro Dios, aquí está el Señor que apacienta
su rebaño y amorosamente los reúne”
2 Cor 1, 3-12
“El Dios de todo consuelo. El nos conforta en nuestras
tribulaciones para que gracias al consuelo que recibimos de
Dios podamos nosotros consolar a todos los que se encuentran
atribulados”.
Consolar es un arte y un ministerio. Es una tarea indispensable que
no podemos descuidar.
Es dejarnos alcanzar por el dolor de los demás para que despierte en
nosotros la misericordia y el calor humano que habita en nuestra
profundidad. Desgraciadamente son muchos los que tienentemor de
dejarse alcanzar emocionalmente por temor a confundirse, a perder
objetividad.
- No podemos aceptar que el dolor y la pena se enquisten
en el alma de una persona, en el trasfondo de la vida de
muchos. Ellos necesitan y tienen derecho a ser acompañados por un
corazón compasivo que entra en comunión con el dolor de ellos.
Necesitamos creer que un oído atento o un abrazo apretado curan
mucho más que los consejos que podemos dar (experiencia de Don
Manuel para la muerte del Padre Hurtado).
Cuando queremos consolar siendo fuertes los otros se van a sentir
disminuidos. Es una situación asimétrica. En la situación actual
nosotros no somos ajenos, estamos también afectados.
Cinco actitudes que facilitan el consolar:
-Escucha activa que es la capacidad de recibir sentimientos sin
juicios y comentarios de manera que el otro se sienta respetado y
digno de ser escuchado.
-Empatizar que es reconocer y seguir los sentimientos y la manera
que el otro percibe la realidad. No basta seguir las ideas, lo que
otro dice, ya que el dolor altera la lógica del discurso.
-Mostrar afecto que son pequeños gestos que expresen el cariño y la
aceptación, la cercanía y la delicadeza de alma.
-Contener que es tener un espacio y brazos resistentes para albergar
la pena, el desgano, sin tener que justificar porque siente eso.
-Formular una palabra comprometida que no brota de la razón sino
desde todo nuestro ser. El silencio tiene un valor sanador al
permitir que otro se exprese como sabe y como puede.
Es importante mencionar que hay algunas maneras de consolar que son
inadecuadas:
a) El consuelo de tontos: “Esto ya va a pasar”, “Hay gente que sufre
mucho más”, “A ustedes no les pasó tanto”
b) El consuelo que invita a evitar: “Hagamos un asado para
pasar la pena”, “Vamos a vitrinear al Mall”, “No hay mal que por
bien no venga”.
c) El consuelo arrogante: “La fe me hace fuerte,
invulnerable”.
Ejercicio: Formen grupos de a tres. Uno del grupo entra en comunión
con su dolor, se pone en posición física recogida. Los otros dos
después de unos momentos buscan como hacerlo que se abra al
consuelo.
Análisis: ¿Qué recursos usaron: palabras, cariño, fuerza?
Conclusiones: ¿Qué aprendí con esta experiencia?
ÉTICA
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En este tema son mucha más las preguntas que las constataciones.
En situaciones de gran inseguridad sale a luz lo mejor y lo peor
de las personas, de las sociedades. Todos tenemos en nuestro
interior un bárbaro y un noble pero, curiosamente, vemos en nosotros
lo noble, en los otros lo bárbaro.
“Nada es mas tortuoso que el corazón humano.¿Quién puede
conocerlo?
”Mientras unos lloran otros se aprovechan de las necesidades y
escaseces de los demás. Unos roban y otros que se sobre
aprovisionan o que suben los precios a niveles desmedidos. Es la ley
de la selva donde sobreviven los fuertes o los astutos.
Es la competencia despiadada donde lo importante es ganar, controlar
el mercado no importando los medios que se utilicen.
El bien común no está en el horizonte de muchos. Lo primero es mi
bienestar, la suerte de otros es problema de ellos, no mío.
El consumir, mi tranquilidad, mi propio interés, está sobre el
cuidado de otros.
Salen a la luz los desórdenes valóricos que son más extendidos que
lo que alcanzamos a imaginar y que en lo corriente de la vida no
resaltan, están latentes, pero actuantes.
Hay una sed insaciable de dinero y de posesiones, de prestigio, de
poder. Lo importante es la satisfacción de las propias necesidades y
cubrir las propias inseguridades y la vulnerabilidad.
El individualismo impregna casi todo lo que hacemos, es un
postulado básico de nuestra cultura, es casi un culto. No tenemos
conciencia que es profundamente destructivo, nos hace solitarios y
lleno de temores, desconfiados, nos hace ciegos. Esto daña a miles
de personas con las cuales convivimos. Está
en la vida familiar, en la vida laboral, en los negocios, en los
barrios y comunidades, en cada uno de nosotros. Es otra lógica que
hemos adquiridos sin darnos bien cuenta pero que no responde a las
invitaciones del Evangelio. Lo nuestro es la pertenencia, la
creación de vínculos, el servicio.
Estamos llamados a ser hombres y mujeres que nos formamos para ser
novedad, vivir contraculturalmente, tenemos tradición de
subversivos.
¿Cómo estamos enseñando a realizar los sueños cristianos de ser una
familia de hermanos y hermanas que tenemos un Padre amoroso y que
nos juntamos a compartir la mesa?
Hoy
tenemos ante nosotros una posibilidad, un momento privilegiado de
invitar a construir un Chile novedoso, a desarrollar una cultura
solidaria, fraternal, más justa y más hermosa. El Señor nos da
posibilidades inmensas de evangelizar al acompañar en estos
procesos.
El
Señor nos acompañe en estas aventuras locas que han marcado los
siglos y de la cual nosotros somos herederos y continuadores.
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La
pregunta fue hecha por mi nieta de 5 años al mirar por TV la
celebración de los hinchas en plaza Italia. Su pregunta tenía
sentido. Un niño no puede entender que para celebrar un triunfo
deportivo algunos necesiten echar las “plazas y paraderos por las
ventanas” y consumir alcohol o drogas hasta perder el control.
La
violencia es un tema recurrente hoy, el alcoholismo asociado a ella,
también.
El
efecto en la familia y por lo tanto en la sociedad es grave, los
estudios y estadísticas los avalan, nuestra experiencia en el
trabajo con familias, los confirma.
Es
el momento de reflexionar profundamente acerca de las necesidades
que hay detrás del hecho de embriagarse, para buscar también la
explicación de una destrucción sin sentido.
Nos preguntamos, al igual que muchos: ¿Qué los tiene tan enojados,
para transformar un momento de alegría y celebración en una orgía de
destrucción? ¿Contra quienes o contra qué va dirigida tanta
agresividad?
Muchas son las hipótesis que ante estos hechos podemos tener, como
muchas son las circunstancias en que observamos el descontrol en
fiestas o celebraciones en que el alcohol es el protagonista
principal, dejando al festejado o lo festejado, como en este caso,
en segundo plano.
A
nadie le es ajeno el hecho de vivir en una sociedad en que la
presión por el rendimiento académico, el logro de metas en lo
laboral, el costo de lograr el éxito a veces se hace intolerable.
Las largas jornadas laborales, que atentan a la posibilidad de
compartir en familia. El incansable ir y venir de los padres de
fiesta en fiesta para buscar a sus hijos. La dificultad de padres y
maestros para poner límites y ejercer autoridad. Las frustraciones
de muchos jóvenes que observan como se construye una sociedad sin
ellos, sintiendo por lo tanto, que no son responsables de cuidar lo
que sienten no les pertenece. La escasez de líderes que los
reencanten con ideales que los trascienda, jóvenes o adultos sin
esperanza, “se borran”, para no sentir ni pensar. Llenan el vacío de
sus vidas consumiendo bienes, drogas u otros.
Esta realidad nos duele y nos preocupa. Nos duele por el daño y
sufrimiento para todos los involucrados en las consecuencias de
acciones antes mencionadas. Nos preocupa, porque la repugnancia ante
el espectáculo de la violencia, el repudio ante escenas como las
exhibidas recientemente, ya no serán noticia en algunos días más y
se diluirá la emoción, para ser reemplazada por otra que nos
conmueva sin que produzca un real compromiso con esa realidad.
Creemos que la búsqueda de soluciones a estos problemas nos debería
involucrar a todos, Somos más fuertes y creativos cuando salimos de
nuestro aislamiento y nos unimos a otros.
Podemos construir, junto a otras familias, a las autoridades,
colegios, universidades, iglesias, instituciones, una sociedad con
sentido, donde todos nos sintamos parte de ella y responsables de su
destino.
Un
día martes ganó el equipo de la Universidad de Chile, pero perdimos
en dignidad todos los chilenos.
Está bien, que gane la Chile, pero que también ganemos los
chilenos.
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